El santuario adornado con obras de arte
A finales del siglo XV los Siervos de María no sabían ya cómo hacerse cargo del río de peregrinos que llegaba al monte a implorar a la Virgen. Tanto en verano como en invierno la gente se veía obligada a escuchar misa al aire libre. Pero los frailes no querían saber nada de modificaciones de la pequeña iglesia para no comprometer su estructura, que había sido sugerida directamente por la Virgen. Solo entre 1450 y 1454, cuando empezó a haber problemas de orden público por la afluencia, se hicieron obras. El aula originaria de la iglesia fue prolongada hacia oeste. Posteriormente se articuló el espacio interior en tres naves. Con el transcurso de los años, posteriormente, se construyó un coro para los frailes, se definió la fachada de la iglesia y se edificó un albergue para los peregrinos, precisamente en el lugar donde hoy surge el nuevo convento edificado en 1954. Se llamó a los artistas importantes para que embellecieran el santuario y todos los otros ambientes. Si hoy echamos un vistazo a la actual sacristía, por ejemplo, podemos admirar en ella la extraordinaria Piedad de Bartolomeo Montagna, fresco pintado por el artista en 1500 junto con la otra Piedad colocada en el altar de la derecha del altar mayor, dentro de la Basílica. Pero la obra pictórica de mayor valor de todo el santuario está en la pared oriental del antiguo refectorio, hoy pinacoteca: se trata del Convite de san Gregorio Magno de Paolo Veronese. El inmenso pintor la pintó expresamente para este espacio en 1572 por encargo de su tío materno, fray Damiano Grana, prior del santuario entre el 71 y el 73 y representado por su sobrino casi en el centro de la escena. La obra maestra de Veronese tuvo que sufrir una serie impresionante de asaltos. El último fue el de los austríacos que, durante la Primera Guerra de Independencia, saquearon el convento y dañaron la tela, reduciéndola a treinta y dos trozos a golpes de bayoneta. Además de Veronese, en la segunda mitad del siglo XVI se llamó al santuario de la Virgen del monte Bérico a Andrea Palladio, el mayor arquitecto del Renacimiento, para elaborar proyectos de ampliación de la iglesia.
Del famoso “añadido palladiano” que, partiendo de la antigua pared meridional, había prolongado hacia el septentrión la Basílica, terminándola con su fachada, por desgracia hoy no hay rastro. La demolición ocurrió cuando, a finales del siglo XVII, los Siervos de María, dirigiéndose a la generosidad de los ciudadanos precisamente para «terminar y perfeccionar» la principal fachada palladiana, la del norte, a la que añadir una «puertecita para la comodidad de los pasajeros», consiguieron de los principales de la ciudad una respuesta superior a las expectativas, aunque con la cláusula de quitar la “prolongación” de Andrea Palladio y rehacer toda la iglesia, menos, obviamente, la pared meridional, es decir, la antigua, en la que estaba colocada la estatua de la Virgen. Fue llamado el vicentino Carlo Borella para que dirigiera las obras, el cual estaba al frente de la mayor empresa constructora de Vicenza, que realizó el complejo edificio barroco que vemos hoy. El autor del impresionante número de estatuas tanto del exterior como del exterior de la iglesia fue, a caballo de los siglos XVII y XVIII, el escultor Orazio Marinali, quien, en los tres bajorrelieves exteriores, colocados encima de las tres puertas de acceso al templo, sintetizó en tres “actos” los acontecimientos milagrosos que dieron origen al santuario. Un santuario que nació sencillo y humilde y siguió creciendo con los años: en 1707 fray Ferdinando Gabrieli, que algunos años antes había sido prior del convento, decidía renovar de su bolsillo una zona colocada sobre el refectorio y que hoy corresponde al museo del santuario. Es decir, la Sala de los Consultores que alberga, en una de sus zonas, los retratos de los siete teólogos servitas nombrados, en épocas distintas, consultores de la República de Venecia y los bustos que representan a algunos padres generales del Orden entre 1653 y 1716. La Sala conserva también los más de 150 exvotos recogidos a lo largo de los siglos de vida del santuario: realizados ya en tabla ya en tela, cuentan con estilo sencillo y algo naïf una serie impresionante de desastrosas caídas del caballo, desde ventanas, dentro de un lago o en un río. Sin contar las agresiones, los incidentes, las minusvalías congénitas y las graves enfermedades. En fin, un montón de problemas, siempre resueltos por la intervención maternal de la Virgen María. Este es quizá uno de los lugares más conmovedores y bellos de todo el santuario.
Tras cuatro siglos de amorosa acogida dispensada a los peregrinos, especialmente a los más pobres, y de grandiosas obras de embellecimiento del santuario solicitadas por estos incansables religiosos, los Siervos de María, por decreto del 11 de mayo de 1810, tuvieron que abandonar el santuario. Napoleón había suprimido todas las Órdenes y Congregaciones de Italia, obligándoles a colgar los hábitos, y a los religiosos regulares, en este caso no vicentinos, a que volvieran a sus pueblos y ciudades de origen. La iglesia del santuario de la Virgen del monte Bérico se convirtió en capilla dependiente de la parroquia de San Silvestre de la ciudad. En realidad, gracias al obispo de Vicenza, Zaguri, dos padres de los Siervos continuaron su trabajo en el monte Bérico. Todos los demás volverían el 26 de noviembre de 1835 por iniciativa del obispo Giuseppe Cappellari con el aval del emperador de Austria.
Pero pese a las vacaciones forzadas de los Siervos de María, los dos padres que habían quedado en el convento siguieron aplicando cambios al santuario: el nuevo campanario, la sustitución del altar mayor del siglo XVI, el levantamiento de la estatua de la Virgen para que se viera mejor en una hornacina de mármol. Hasta incluso mover el altar para que los peregrinos pudieran pisar el lugar donde la Virgen se le había aparecido a Vincenza Pasini: la escena está grabada en un medallón de plata, sostenido por dos ángeles de mármol y colocado a los pies de la estatua. Es costumbre que los peregrinos, en el momento de pedir la gracia a María, apoyen la cabeza en el medallón de plata, para establecer con la Virgen una relación directa, sensible.