Gigantes, un Día Perdido y Ratas a Precio de Oro: 5 Realidades Asombrosas del Primer Viaje Alrededor del Mundo

La historia recuerda el viaje de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano como la gesta que demostró empíricamente la esfericidad de la Tierra. Sin embargo, más allá de la hazaña geográfica, la crónica oficial de la expedición, escrita por el caballero italiano Antonio Pigafetta, es un portal a un mundo tan brutal como maravilloso. Este precioso documento etnográfico revela que la primera vuelta al globo fue una inmersión en realidades que desafiaban la imaginación europea del siglo XVI. A continuación, exploramos cinco de las observaciones más impactantes y extrañas extraídas directamente de las páginas de su relato, una maravilla proto-antropológica que captura la colisión de mundos.

1. En la Patagonia no solo había frío, sino también gigantes

Durante los largos meses de invierno que pasaron en el Puerto de San Julián, mucho antes de cruzar el estrecho que llevaría el nombre de su capitán, la tripulación tuvo un encuentro que parecía sacado de una novela de caballerías. Un día, apareció en la ribera un "hombre de gigantesca estatura" que cantaba y bailaba. Según Pigafetta, era tan alto que "no le pasábamos de la cintura". Tenía la cara pintada de rojo, con corazones amarillos trazados en las mejillas, y vestía una piel cosida con maestría de un animal fantástico que el cronista describió así: "tiene la cabeza y orejas grandes, como una mula, el cuello y cuerpo como un camello, de ciervo las patas y la cola de caballo". Su asombro fue mayúsculo cuando le mostraron un espejo: se asustó tanto que derribó a varios hombres al saltar hacia atrás.

Para llevarse una prueba de su hallazgo, Magallanes urdió una astuta treta para capturar a dos de los gigantes más jóvenes. Les llenó las manos de regalos como cuchillos y espejos y, al ver que no podían cargar más, les ofreció grilletes de hierro, señalando que se los pondría en los tobillos para que pudieran transportarlos fácilmente. Los gigantes aceptaron, pero al comprender el engaño, su reacción fue furiosa.

...bufaban como toros, pidiendo a grandes gritos a "Setebos" que les ayudara.

Pero si el encuentro en tierra firme parecía sacado de un cuento, la realidad en el mar abierto se convertiría en una pesadilla de la que muchos no despertarían.

2. Sobrevivir en el mar significaba comer cuero, serrín y gusanos

La épica travesía de "tres meses y veinte días" a través del inmenso y desconocido Océano Pacífico fue una prueba de supervivencia extrema. Lejos de la imagen romántica de la exploración, la realidad a bordo era una pesadilla de hambre y enfermedad. La dieta de la tripulación, descrita con crudeza por Pigafetta, consistía en polvo de galleta infestado de gusanos que "olía endiabladamente a orines de rata" y se bebía "agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días". Cuando eso se acabó, recurrieron a masticar el cuero de buey que protegía las jarcias del mástil, ablandándolo durante días en el mar antes de asarlo sobre las brasas. Incluso el serrín de la madera era consumido.

El escorbuto diezmó a la tripulación: a muchos "les crecían las encías sobre los dientes" hasta el punto de no poder comer. Murieron diecinueve hombres, además de uno de los gigantes cautivos y un indígena de Brasil. En medio de tal miseria, cualquier fuente de alimento se convirtió en un lujo de valor incalculable.

Las ratas se vendían a medio ducado la pieza y más que hubieran aparecido.

3. El mundo estaba lleno de rituales y costumbres desconcertantes

El diario de Pigafetta no es solo una bitácora de navegación, sino también un invaluable registro etnográfico de mundos intactos por las normas europeas. A cada nueva tierra, el cronista documentó costumbres que debieron parecer inconcebibles, escalando desde la incomprensión inocente hasta el shock cultural.

Las observaciones de Pigafetta, aunque filtradas por su propia visión del mundo, son el testimonio de un primer contacto, un asombro constante ante la diversidad de la experiencia humana.

4. El capitán que ideó el viaje nunca regresó a casa

Fernando de Magallanes, el visionario capitán general, no vivió para ver completada su empresa. Murió en la isla de Matán, en una batalla que, según Pigafetta, podría haberse evitado. Magallanes decidió atacar personalmente al jefe local, Celapulapu, con apenas sesenta hombres, frente a una fuerza de más de mil quinientos guerreros.

El ataque de los nativos se concentró casi por completo en el capitán. Fue herido por una flecha envenenada en la pierna derecha, recibió un lanzazo de caña en el rostro y, al intentar desenvainar su espada, otra herida en el brazo se lo impidió. Finalmente, cayó boca abajo y fue abrumado por una lluvia de lanzas y golpes. La descripción de Pigafetta sobre la caída de su líder es un testimonio del profundo impacto que su muerte tuvo en los supervivientes.

...llovieron sobre él, al punto, las lanzas de hierro y de caña, los terciarazos también, hasta que nuestro espejo, nuestra luz, nuestro reconforto y nuestro guía inimitable cayó muerto.

Los vencedores se negaron a devolver el cuerpo de Magallanes, pues querían "conservarlo, para su memoria". Así, el arquitecto de un viaje que abarcaría el mundo, un maestro de la estrategia global, fue derrotado en una escaramuza local contra la que su propia tripulación le había aconsejado, un conmovedor testamento del impredecible factor humano en las grandes gestas históricas.

5. Al dar la vuelta al mundo, se gana un día (o se pierde uno)

Tras casi tres años de viaje, los dieciocho supervivientes a bordo de la nao Victoria llegaron a las islas de Cabo Verde, un enclave portugués. Al enviar una falúa a tierra para comprar víveres, le pidieron a la tripulación que preguntara qué día de la semana era. La respuesta los dejó perplejos: los portugueses les dijeron que era jueves.

La tripulación no podía creerlo. Para ellos, según sus meticulosos registros, "era miércoles sólo y no podían hacerse a la idea de que hubiésemos errado". Habían llevado una cuenta perfecta de cada día transcurrido. La confusión no se resolvió hasta más tarde, cuando comprendieron que, sin saberlo, habían hecho uno de los descubrimientos científicos más importantes del viaje: la prueba empírica de la necesidad de una línea internacional de cambio de fecha.

Pero, como después nos fue advertido, no hubo error, sino que, habiendo efectuado el viaje todo rumbo a occidente, y regresando al lugar de partida (como hace el sol, con exactitud), nos llevaba el sol veinticuatro horas de adelanto, como claramente se ve.

El diario de Antonio Pigafetta es, en última instancia, el testimonio de que la verdadera conquista no fue la del globo, sino la de los límites de la experiencia humana. Fue un viaje brutal y maravilloso al corazón de lo desconocido, una colisión de mundos que reveló una humanidad tan extraña como fascinante, y que cambió para siempre nuestra comprensión del planeta.

¿Cuántas otras realidades asombrosas de nuestra propia historia permanecen ocultas en los diarios y crónicas que rara vez leemos?